El municipalismo transformador ha demostrado ser un camino viable para sortear las barreras institucionales del Estado neoliberal. La experiencia de Recoleta, bajo la conducción del Partido Comunista primero con Daniel Jadue y hoy con Fares Jadue, es un claro ejemplo de cómo un municipio puede convertirse en un espacio de resistencia y de construcción de alternativas concretas para la gente. Desde la farmacia y óptica popular hasta el impulso de proyectos educativos innovadores, la gestión municipal ha demostrado que es posible construir poder desde los territorios, fortaleciendo la organización social y promoviendo políticas públicas que desafían la hegemonía del mercado. Un gobierno de izquierda debe asumir que el municipalismo no es un complemento menor, sino una estrategia clave para consolidar una base de poder popular real.
La influencia de la agenda concertacionista ha sido uno de los principales obstáculos para las transformaciones de nuestro gobierno. La integración de figuras del socialismo tradicional y la asimilación de su discurso han generado una pérdida de identidad en sectores de la izquierda que, en lugar de impulsar un proyecto de ruptura con el neoliberalismo, han terminado administrándolo.
Esta deriva no es casual: es el resultado de un sistema diseñado para cooptar a quienes llegan al poder y someterlos a los límites de una institucionalidad que solo permite cambios superficiales. La historia reciente demuestra que cuando la izquierda se acomoda a la gobernabilidad dentro de estos márgenes, termina desarmando su propio proyecto político y alejándose de las grandes transformaciones que la movilizaron.
En Chile, quienes se oponen al modelo impuesto por la clase dominante son perseguidos judicialmente. La criminalización de dirigentes sociales, la represión a las movilizaciones y la utilización del aparato judicial como herramienta de disciplinamiento político han sido prácticas sistemáticas para frenar cualquier intento de ruptura con el orden establecido. La izquierda debe comprender que la disputa por el poder real no se juega solo en las instituciones, sino en la capacidad de construir organización y resistencia en todos los espacios de la sociedad. No basta con intentar gobernar bajo las reglas impuestas por el neoliberalismo; es necesario enfrentarlo con una estrategia clara, con voluntad de confrontación y con una articulación sólida entre lo institucional y lo popular.
Si la izquierda quiere recuperar la iniciativa, debe reenfocar su estrategia hacia la construcción de un poder popular que no dependa de las negociaciones en el Congreso ni de la validación de los sectores tradicionales de la política. Esto implica fortalecer la autonomía de los territorios, impulsar mecanismos de participación directa que trasciendan la democracia representativa y asumir que la transformación del Estado no se logrará solo desde dentro, sino desde la presión organizada de las mayorías. Chile no necesita una izquierda que se acomode al sistema; necesita una izquierda que lo desafíe y lo transforme.
