En cada periodo electoral en
Chile, los grandes medios de comunicación controlados por los capitales
económicos recurren a viejos comodines para desviar el debate político de los
problemas reales que afectan a nuestro pueblo. Entre esos recursos repetidos,
la constante mención a Cuba y a su modelo político ocupa siempre un lugar
destacado. Lo hacen no porque les interese sinceramente la realidad cubana,
sino para distraer la atención, deslegitimar a quienes buscamos
transformaciones profundas y sembrar miedo entre las y los trabajadores. Desde
una perspectiva de izquierda, en particular de quienes nos identificamos como
comunistas, es fundamental responder con claridad, pero sobre todo mantener el
foco en lo que realmente importa: las transformaciones necesarias para el
pueblo chileno.
El modelo político cubano nació
de una revolución popular que logró derrocar a una dictadura feroz y a un
régimen completamente subordinado a los intereses de Estados Unidos. Desde
1959, Cuba ha construido un sistema basado en la soberanía nacional, la participación
comunitaria y la prioridad del bienestar colectivo. Mientras en Chile y gran
parte de América Latina las democracias liberales han convivido con el saqueo
neoliberal y la desigualdad, Cuba ha priorizado derechos básicos como salud,
educación, cultura y vivienda. Por supuesto, el proceso cubano no está exento
de dificultades, muchas de ellas agravadas por el bloqueo económico impuesto
por EE.UU., pero ha sido un esfuerzo por construir una sociedad centrada en las
personas y no en el lucro.
Ahora bien, reconocer la validez
histórica y política del proceso cubano no significa que debamos trasladar su
modelo de forma mecánica a nuestra realidad. Chile tiene su propio camino que
recorrer, marcado por su historia, su cultura y sus luchas. Aquí, lo
fundamental es avanzar hacia una democracia más profunda, que supere las
limitaciones de la democracia liberal representativa, hoy capturada por los
grandes poderes económicos. Necesitamos construir un modelo político donde la
ciudadanía participe efectivamente en las decisiones, donde los derechos
sociales estén garantizados, y donde el bienestar de las grandes mayorías sea
el eje de la política pública.
La insistencia de la prensa en
centrar el debate en Cuba busca desviar la atención de las preguntas de fondo
que afectan a Chile: ¿Por qué seguimos siendo uno de los países más desiguales
del mundo? ¿Por qué derechos esenciales como la salud, la educación o la
vivienda siguen siendo privilegios de pocos? ¿Por qué las riquezas generadas
por las y los trabajadores terminan en manos de una minoría? Estas son las
preguntas que debemos instalar en el debate electoral y social, y no dejarnos
arrastrar por comparaciones que poco aportan a nuestra discusión nacional.
En resumen, defender la soberanía
y los avances sociales de Cuba frente a las campañas de desprestigio es
legítimo, pero el centro de nuestra atención y energía debe estar puesto en los
desafíos de Chile. Nuestro compromiso está con las luchas locales, con las
necesidades de nuestro pueblo, con los sueños de justicia, igualdad y
democracia real que nos mueven cada día. Es aquí donde debemos concentrar
nuestras fuerzas y construir, desde abajo, una alternativa de transformación
social.

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