Cerca del paradero donde me bajo al regresar a casa, había notado un pequeño local donde trabajan el cuero. Días antes me había comprado un cinturón, pero no calculé bien la panza y, en un acto de brutalidad en su máxima expresión, le hice dos hoyitos con un clavo. Así que decidí entrar a ese local que hace días me parecía atractivo, para ver si el maestro podía arreglar la cagaita que había dejado en mi cinturón.
Al contarle mi historia me dijo:
No sabes cuánta gente llega por lo mismo…
Ahí dejé de sentirme tan bruto. Me ofreció un mate mientras sacaba una vieja y oxidada perforadora de cuero. En tan solo dos “crunch”, el cinturón quedó impeque. Incluso pintó los bordes del corte para que el trabajo quedara bien hecho.
El mate seguía intacto, así que, ofreciendo asiento, nos pusimos a conversar de la vida. Le hablé de mis recuerdos del zapatero del cerro en Valpo, abajo de la cancha del 9, por donde vendían cloro; donde llevábamos la pelota descosida y también los zapatos cuando ya no daban más, con la suela despegada y la vida colgando. Fue una conversa grata, de esas donde el tiempo hace un alto.
Ahí comprendí que, a pesar del gran capital, todavía quedan hombres fieles a su oficio; una lucha diaria cargada de identidad e historia.
Así que, si usted anda por La Florida, entre Rojas Magallanes y Av. La Florida, pase a visitar a mi amigo.

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